sábado, 2 de julio de 2011

YUKI-ONNA

   El grupo de samuráis descendía hacia el valle cubierto de bosques otoñales y campos de cereal recién recogido, con algunas noka, la típica casa de campo con tejado de paja muy inclinado, desperdigadas por el espacio. Los campesinos acudían asombrados al borde del camino para observar al grupo de guerreros, pues no es frecuente la presencia de samuráis en pueblos tranquilos y poco importantes como ese. Realmente, aquel era un magnífico espectáculo, una apabullante muestra de poder, reflejado en cada detalle de aquellos samuráis. Sus imponentes caballos elevaban su altura por encima de aquellos campesinos que observaban, impresionados; sus complejas ropas y armaduras de diversos colores, dorado, rojo, negro, azul, flameaban bajo el Sol, que brillaba en el día ligeramente nublado como una gota de ámbar sobre una lámina de plata; sus katanas, el alma del bushi, el guerrero, estaban finamente ornamentadas y sus empuñaduras, cubiertas de seda; sus yumis, arcos de dos metros de longitud, colgaban a sus espaldas y algunas naginatas y estandartes sobresalían, coronando el grupo. Los guerreros debían pasar la noche en un monasterio zen ubicado el la falda de una montaña cercana. El edificio, rodeado de bosqes, era bastante grande, de dos plantas; la planta baja, elevada unos 50 cm del suelo, como es habitual en Japón, estaba destinada a al vivienda y la superior, más austera, dedicada a la meditación. Su tejado, hecho de tejas azul oscuras, se curvaba en los extremos y en las blancas paredes destacaban las vigas de madera, muy oscuras.
   Una vez los samuráis hubieron llegado, fueron recibidos hospitalariamente por los monjes, que los invitaron a tomar el té según el ritual establecido, la ceremonia del té, alrededor del hogar, obtenido de una cavidad en el suelo.
   -Vaya- Dijo Takeshi Taira, jefe de los samuráis, reparando en una composición ikebana que adornaba la habitación- “los tres amigos del invierno”. Todavía falta bastante tiempo para el año nuevo.
   -Sí- Respondió uno de los monjes.-Pero aquí el invierno suele adelantarse y es bastante duro, asi que son bastante convenientes; pino: fuerza; ciruelo: esperanza y bambú: abundancia- dijo sonriendo- Siempre hacen falta.
   -No se si debería preguntar, pues quizás el asunto no sea de mi incumbencia, pero es verdaderamenteextraordinaria la presencia de samuráis en estos rincones tan tranquilos y alejados de la violencia. Diganme, ¿Por qué han de pasar por esta región?- Preguntó otro monje.
   - Nuestro clan enemigo avanza hacia el oeste.- Comenzó Takeshi, después de saborear el pequeño dulce con el que se contrasta la amargura del té maccha- Los pueblos que controlamos al otro lado de las montañas se encuentran amenazados y allí no contamos con tropas suficientes para detenerlos. Nosotros sólo somos diez, una avanzadilla; nuestra misión, más que nada, consiste en organizar las tropas que tenemos allí y esperar a que nuestro daimiyo pueda enviar más tropas. Suponemos que el invierno detendrá el enemigo y ganaremos tiempo. Pero debemos dranos prisa; mañana atravesaremos el paso.
   -¡El paso!- Exclamó, sobresaltado, el primer monje-. No debés atravesar el paso. –Dijo, como buscando las palabras apropiadas- Allí las nevadas comienzan antes.
   -Bueno, es cierto que hemos visto algunas nuber orlando las montañas, pero es improbable que nieve tan pronto o, ocurre, la capa de nieve apenas cubrirá el suelo.- Respondió Takeshi, sorbiendo un pequeño trago de té y quitando importancia al asunto.- Y, de todas formas, tenemos que atravesar el paso, llueva, nieve o caiga fuego del cielo. Así nos lo han ordenado, y si desobedecemos…- Añadió, con cierto deje sombrío en su voz.
   - Pero… ¡Las nevadas del paso no son normales! Os lo contaré, escuchad: hace unos años, una muchacha del pueblo fue al otro lado de las montañas, para vender los huevos de sus gallinas. Ya era invierno y, aunque los días anteriores habían sido despejados, le alcanzó, a la vuelta, una ventisca en el paso. ¡Pobre muchacha! Nunca encontraron su cadáver. Desde entonces, las nieves han empezado a caer más pronto cada vez y mucha gente ha sido atrapada por ventiscas. Los pocos que sobreviven no duran mucho; mueren indefectiblemente en unos días… ¡De congelación! Tienen cada vez más frío, hasta que pierden toda sensibilidad, y mueren murmurando historias incomprensibles sobre una silueta blanca. Mucho hemos rezado, pero el espíritu de la muchacha, convertido en la Yuki-onna, la mujer de la nieve, no nos ha abandonado.
   - ¡Bah! Es frcuente que las personas en estado de congelación casi total vean visiones. Mañana atravesaremos el paso.
   - Sé que no puedo convenceros. Os lo han ordenado, y el deber de un samurái es obedecer, cueste lo que cueste. Quizás tengais suerte, después de todo, y las nevadas aún no hayan comenzado. De todos modos, no puedo hacer más que avisaros.
Al día siguiente, Takeshi y sus samuráis se pusieron en camino. Primero, atravesaron los frondosos bosques de bambúes y árboles de hoja caduca, por un estrecho sendero abierto entre los helechos y matorrales que tapizaban el suelo. A más altura, los pinos se hacían más abundantes, hasta conformar oscuros bosques en los que la luz apenas incidía sobre el sendero y, ya cerca del paso, el bosque cedía ante el matorral de montaña. En esta zona empezaban a caer copos de nieve, y el aire costaba como una katana afilada. Algo extraño e indescriptible, tal vez sobrenatural, flotaba como la niebla en aquel paraje. En el paso, las nubes eran oscuras y cerradas como puertas de hierro forjado.
   -Creo, Takeshi, que deberíamos regresar.
   -¡No!- Rugió Takeshi- ¿Es que acaso crees en cuentos de fantasmas, Minamoto? Hay dos opciones: intentar cruzar el paso y quizás, escúchame, quizás pues es posible que no ocurra, morir suavemente, adormilados, sin sentir nada; o… ¡Desobedecer a nuestro señor y hacernos seppuku, atravesarnos el vientre con un puñal!
   -Sí, Taira, pero creo que no es decisión mía, sino de los caballos…
En efecto, los caballos no querían moverse. Descabalgaron y tiraron de las riendas, pero los caballos, con una aparente mezcla de temor y aprensión, no quisieron continuar.
   - Pues seguiremos a pie- Susurró lúgubremente Takeshi.
En el paso, el aire estaba inmóvil, como muerto, y grandes copos de nieve, que creaban una pantalla de blancura deslumbrante, caían hasta la capa nívea que ya casi alcanzaba las rodillas de los samuráis, los cuales caminaban lentamente, y no sólo porque la nieve retenía su paso; algo extraño e impalpable les hacía permanecer alerta. D improviso, Takeshi, que iba a la cabeza, notó “algo” y desenvainó su katana en una fracción de segundo, cortando el aire con el filo curvado de su hoja.
   - Seguramente he notado la presencia de algún oso – Explicó, intentando tranquilizarse a sí mismo y a sus compañeros, cuyas manos, las cuales deberían haber enrojecido debido al frío, estaban blancas por la presión que ejercían alrededor de la empuñadura de sus espadas.
Cuando miró de nuevo hacia delante, una silueta blanca se perfiló en la fría atmósfera. Los samuráis, guiados por un miedo instintivo, comenzaron a retroceder y, a continuación, corrieron despavoridos. Pero Takeshi no. Estaba paralizado. A medida que se acercaba, la silueta se definía cada vez más; era una mujer con la piel blanca, casi transparente; sus cabellos eran finos y plateados como la seda, y vestía un níveo kimono. Pero sus ojos eran negros, y tenían embrujado a Takeshi; esos ojos concentraban las llamas del infierno y la frialdad del hielo al mismo tiempo. La mujer acercó sus labios lentamente a los de Takeshi, que sintió, tras una pequeña mordida de frío, un aliento helado y adormecedor, un aliento que arrastraba una calma total; el aliento de la muerte.
   Y lo último en que se fijó Takeshi, muriendo de congelación, fue en los pies de aquella extraña mujer, que no dejaban huellas sobre la nieve.

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