lunes, 4 de julio de 2011

     Me dirigía, apesadumbrado, al cementerio para asistir al entierro de mi tío, moviéndome bajo el manto gris de las nubes otoñales y escuchando el ruido que hacían, al estremecerse, las hojas secas que aún colgaban de los árboles del borde del camino, cuando me encontré con mi amigo de la infancia, Enrique Sánchez.

     Al verme, sonrió tristemente y su expresión se volvió aún más sombría.
     -Hace mucho tiempo que no te veo.-le dije-.Durante los últimos siete años he estado trabajando muy lejos, en Chicago.
      -Sí, yo también he estado muy lejos.-comentó, con la mirada como ausente-.Y he de regresar. Pero  antes, quería darme una vuelta por aquí...Y de paso verte otra vez. Pero nos volveremos a encontrar algún día, estoy seguro... Y ahora, perdona que te deje tan rápido, pero tengo que irme. Adiós.

     Observé cómo su figura se perdía en el camino, y volví a caminar hacia el cementerio, cuya silueta se iba definiendo,  compuesta por lápidas de piedra, ángeles de mármol que parecían buscar almas para llevarse; sauces llorones que descargaban sus lágrimas sobre las tumbas y cipreses serios y enhiestos, no más sombríos que las figuras que rondaban el cementerio, algunas rodeando el ataúd de mi tío, barco que le llevaría a su morada eterna.

     Tras el lúgubre acto, bajo el oscuro velo de nubes que cubría el rostro del Sol, mis pasos errantes me llevaron por el cementerio, rebosante de personas que recordaban a sus muertos ese día 1 de noviembre, y mis pies se pararon, como obligados por una fuerza misteriosa, delante de una lápida en la que se leía:


AQUÍ YACE
ENRIQUE SÁNCHEZ
PÉREZ
(1966-2005)
MUERTO EN UN
INFORTUNADO
ACCIDENTE DE
TRÁFICO
R.I.P.

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