En un ataúd de cristal,
adornado con doradas filigranas,
ella duerme.
Mas su sueño no es el sueño de
la muerte.
Las violetas adornan su pelo,
los lirios yacen en su lecho
y las rosas duerman en su pecho.
Pero estas flores, aún no marchitas,
están destinadas a pudrirse con ella,
no muerta, tan solo dormida,
pero condenada
a sufrir angustiosamente,
enterrada viva.
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